Pero no se llega muy lejos a lo largo de este camino; y no se trata solamente de una
cuestión de distancia. Las amenazas se acumulan, se cede, se renuncia a una parte del
terreno que se debía conquistar. Aquella imaginación que no reconocía límite alguno ya
no puede ejercerse sino dentro de los límites fijados por las leyes de un utilitarismo
convencional; la imaginación no puede cumplir mucho tiempo esta función subordinada, y
cuando alcanza aproximadamente la edad de veinte años prefiere, por lo general,
abandonar al hombre a su destino de tinieblas.
Pero si más tarde el hombre, fuese por lo que fuere, intenta enmendarse al sentir que
poco a poco van desapareciendo todas las razones para vivir, al ver que se ha convertido
en un ser incapaz de estar a la altura de una situación excepcional, como la del amor,
difícilmente logrará su propósito. Y ello es así por cuanto el hombre se ha entregado, en
cuerpo y alma al imperio de unas necesidades prácticas que no toleran el olvido.
Todos los actos del hombre carecerán de altura, todas sus ideas, de profundidad. De todo
cuanto le ocurra o cuanto pueda llegar a ocurrirle, el hombre solamente verá aquel
aspecto del conocimiento que lo liga a una multitud de acontecimientos parecidos,
acontecimientos en los que no ha tomado parte, acontecimientos que se ha perdido. Más
aún, el hombre juzgará cuanto le ocurra o pueda ocurrirle poniéndolo en relación con uno
de aquellos acontecimientos últimos, cuyas consecuencias sean más tranquilizadoras
que las de los demás. Bajo ningún pretexto sabrá percibir su salvación.
Amada imaginación, lo que más amo en vos es que jamás perdonás.